Ya se que lo que la gente quiere es escuchar historias alegres, en ocasiones hasta ridículas para evadirse de su monotonía y del tedio que vivir provoca. También se que para algunos la historia que voy a contar les parecerá una banalidad viendo como el mundo está patas arriba. Pero bueno, me he sentado hoy y he recordado una historia que me ocurrió hace unos meses. Creo haber escuchado (e incluso leído) que para escribir sobre algo, como todo en la vida, no se debe de hacer en caliente. Así que creo que he dejado el margen necesario. La localización de esta historia me la reservaré.

Pues bien, esa noche tocábamos en un sitio fantástico. El programa era bastante agradable con una interesante fusión de barroco mediterráneo y aleman. Los compañeros, geniales. Pero… (siempre hay un pero). Pero por diversos factores que no vienen al caso, el concierto duró casi tres horas.

Antes de proseguir con el relato debo decir, que tres horas para un fumador habitual es un suplicio. Intentaré describir la sensación para los que tienen la suerte de no haber sido fumadores. Posiblemente sea una sensación cercana a la que se experimenta cuando uno está esperando el metro en Madrid a las 23:54h de un martes laborable; llegas al andén con una media sonrisa tallada a base de beber cañas. En ese momento giras tu cabeza para ver que fauna te rodea, pero sobre todo para ver el panel informativo. Ese panel debe facilitarte los datos que tanto ansías, cuantos minutos restan para la llegada de tu tren, pero no, ¡sorpresa! Está apagado. Eso para los no sois residentes en Madrid significa lo siguiente: Te va a tocar esperar un buen rato. En ese momento, el comportamiento habitual del urbanita madrileño consiste en sentarse en los bancos y comprobar aproximadamente cada 10 segundos si el dichoso panel informativo ya se ha iluminado con el tiempo restante para que llegue el maldito tren. Al cabo de un siglo aproximadamente, vuelves a mirar y compruebas con la cara desencajada que se ha iluminado, y que indica la nada desdeñable cantidad de 18 minutos. Esos minutos posiblemente sean los mas largos de tu vida. Ahora si que crece tu enfado hasta ese momento sepultado tras la ansiedad. Así que sacas tu iPhone y con tu último 1% de batería (olvidaste cargarlo) twitteas cagándote en el metro de Madrid, los políticos y hasta en el barrendero de tu barrio. Pues ese nivel de ansiedad se queda corto con el que tiene un fumador tras tres horas de concierto. Debo reconocer que no recuerdo nada a partir del tercer bis…

Bueno, pues como suponéis, ya que estoy escribiendo esto, el concierto terminó. Nada mas llegar al camerino, guardé mi violín con una velocidad equiparable a la de un marine estadounidense desmontando su rifle M16. Saqué un cigarro de mi chaqueta, oportunamente liado 3 horas antes. Me lo coloqué en la boca en señal de salvoconducto para evitar felicitaciones y demás comentarios muy dados tras un concierto; y me dirigí al trote a la puerta mas cercana para disfrutar de mi cilindro cancerígeno.

Al salir comprobé que hacía frío. Pero otra cosa que nunca para a un fumador con el mono son los elementos. Es increíble lo rápido que funciona el cerebro cuando tiene que resolver algún problema que le conduzca a su anhelada calada. Así que me lo encendí y cerrando los ojos disfrute del sabor. Sentí como mi ansiedad desaparecía tras exhalar el humo lentamente. En ningún momento me percaté por donde había salido, ni que o quien me rodeaba. Era mi momento. Para la segunda calada miré a mi alrededor. Y vi poca actividad, solamente una pareja que tras el concierto se marchaban encogidos por el frío frente a mi, así que seguí fumando y al minuto, escucho lo siguiente: Maestro, perdone que le moleste. ¿Tendría un segundo para un viejo? Al girar la cabeza le vi. Tendría alrededor de 60 años muy mal llevados y la piel cuarteada por el sol. Vestía con pantalón corto y una camiseta blanca de propaganda ya bastante raída. Al mirar su cara, vi unos ojos negros hundidos, unas cejas pobladas, el pelo alborotado y plateado, y en su boca no mas de dos dientes aguantaban el envite de la vida. Al verlo, lo primero que pensé es: Joder, ¡qué pereza! Entonces me comenzó a hablar y descubrí que su vocabulario no era el de alguien criado en la calle y sin estudios. Usaba términos demasiado complejos. La cuestión es que su cara me sonaba, y no sabía muy bien por qué. Mientras me hablaba, intentaba ubicarlo. Hasta que me acordé ¡CHAS! Durante el concierto había mirado al público y le había visto como en tercera o cuarta fila, junto al pasillo, llorando como una Magdalena tras una preciosa Aria de Pergolesi.

Transcurrieron 5 interminables minutos en los que ese hombre se deshacía en agradecimientos por el concierto y por la importancia de la música, de nuestra labor…no soy muy dado a encajar las felicitaciones, me da como cosa. Entonces, a fin de cambiar de tema, le pregunté: ¿A qué se dedica usted?. Él me contesto mas o menos: Pues mire, yo vivo en la calle, no vivo aquí soy de un pueblo cercano. Soy poeta, aunque terminé las carreras de Filosofía, Filología hispánica e inglesa. Y amo el arte, pero sobre todo, amo la música. Tanto es así que llevo años intentando escribir un poema el cual pueda reflejar la esencia de la música y su fin verdadero. Lo he terminado hace muy poco. ¿Te lo puedo recitar? Y aunque no soy muy dado a las cuestiones metafísicas sobre la esencia de la música y demás pajas mentales… asentí, aunque sea por educación y respeto debía oírlo. Entonces el hombre comenzó a declamar en medio de aquella plaza su poema. Era básicamente una oda a la música, en la que también se homenajeaba a compositores y a su contribución. Me fastidia tener mala memoria para reproducirlo pero bueno, resultó no ser tan desastre como el cafre del diablillo malo que todos tenemos dentro vaticinaba, de hecho hasta me gustó.

Cuando terminó de recitar, le di mi enhorabuena. Me contó que había estudiado todo lo que podía historia de la música y que siempre que tenía oportunidad iba a un concierto. También me contó que tenía dos hijas que renegaban de él. Mas o menos fue una conversación interesante. Hasta que mi segundo cigarro llegó a su fin, tenía frío y ganas de tomarme unas cuantas cervezas. Así que le dije que sintiéndolo mucho me tenía que marchar y le agradecí todas las felicitaciones que me había brindado. Fue en ese momento cuando me dijo: Perdone, no quiero molestarle mas. (Como habéis comprobado siempre me habló de usted). Yo se que los artistas no sois adinerados porque servís a un fin mayor, pero… ¿Podría darme usted algo para volver a mi pueblo? Tenía 3 euros para cenar un bocadillo y me los he gastado en venir en autobús. Son de esos momentos en los que el corazón te hace ¡CRACK! No se si me mentía o no. Pero se que ese hombre no lo estaba pasando bien. Así que rebusqué en los bolsillos de la chaqueta y saqué toda la calderilla que tenía, no sumaría mas de 4 euros y se los di. Tras esto, nos deseamos mutuamente mucha suerte y me alejé.

Realmente nunca supe si ese hombre me había sido sincero. Si había cogido mi dinero y se lo había metido todo en el cuerpo a base de tinto barato de cartón. Yo confío en que llegó a su pueblo y se metió en su cama con una amplia sonrisa por haber sido capaz de disfrutar aquel concierto mas que ninguno de los que estabamos presentes. Porque él había descubierto la verdadera esencia de la música.