Querido Miguel,
 
lo siento. Mi vida ha cambiado demasiado. Pese a que te extraño, ya no recuerdo cuando fue la última noche que pasé en vela descifrando hasta el último de tus versos. Buscando el significado, intentando resolver el acertijo que tu sensibilidad cifraba en forma de verso crudo y áspero.
 
Siento defraudarte, será que me he hecho mayor. Pese a que a buen seguro estás vigilante desde el Olimpo de los Hombres Buenos, debes saber que todo lo que aprendí de tu palabra y obra sigue tallado con cincel en mi forma de ser.
 
Nuestra sociedad no ha cambiado mucho desde que te fuiste, el hombre sigue acechando al hombre como bien decías, solo que de distinta manera. Nuestro país no vive una guerra cruenta como en tus tiempos, ya nos han domado. Lo siento, por si no lo sabías han vuelto a ganar. Vivimos una sociedad donde la ignorancia es premiada con la moneda del siglo XXI, los likes (otro día te explico que son). Ya somos dóciles demócratas dispuestos a tragar las mayores injusticias sin pestañear siempre y cuando nos dejen tener el último modelo de alguna pijada.
 
Cada vez que llego a esta conclusión quedo abatido por mi falta de redaños y solo me viene a la mente un bello poema tuyo, del gran poeta Miguel Hernández.
 
Nada mas compañero, solamente decirte que te extraño,
 
Daniel
 
LLAMO AL TORO DE ESPAÑA
 
Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.
 
Despiértate.
 
Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.
 
Levántate.
 
Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.
 
Esgrímete.
 
Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.
 
Desencadénate.
 
Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.
 
Yérguete.
 
No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante,
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.
 
Víbrate.
 
No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.
 
Revuélvete.
 
Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.
 
Truénate.
 
No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.
 
Abalánzate.
 
Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.
 
Revuélvete.
 
Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.
 
Atorbellínate.
 
De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.
 
Sálvate.
 
Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.
 
Sálvate.