Me miro al espejo casi todos los días, no por vanidad. Sino como medida preventiva. Para estar al día en mi estado natural de conservación. Claro, yo me veo bien. Pero desde hace un par de años he sido testigo de como mis colegas y amigos han empezado a echar papada y tripita (por ser suave). Este hecho se asocia a un momento muy especial para algunos y que por suerte me entero gracias a Facebook, es el momento boda. Afortunadamente, la mayoría de ellos ha tenido la decencia de no invitarme. Todo mi círculo de amigos y conocidos, ha decidido que la manera mas inteligente de demostrar el amor para con su pareja es firmando un papel delante de un cura, vistiéndose de blanco e hipotecándose para convidar a amigos y a no tan amigos. Personalmente, me da la mayor de las perezas todo lo que rodea al mundo boda.

El concepto boda católica en sí me da especial tirria. Un señor vestido de negro y  con alzacuellos, que supuestamente es célibe y que no debería catar mujer (ni niño) empieza a darte consejos. En ocasiones incluso con un tono amenazante, como de padre cuando llegas borracho a las 6 de la mañana, sobre lo que es el amor, sobre las obligaciones del matrimonio y demás… Cada vez que presencio esto pienso: ¿Qué sabrá este tío de amor conyugal? ¿Qué sabrá este tío de lo que es abrir un ojo y ver las ojeras de tu pareja cada mañana? ¿Qué sabrá este tío lo que es discutir por donde se pasan las nochebuenas? ¿Qué sabrá este tío del qué te pasa seguido del nada tu sabrás? ¿Qué sabrá este tío de lo placenteras que son las reconciliaciones tras un bronca monumental? En ese momento le miro y me da pena. Por ello, prefiero que lo haga un concejal que se puede casar, o mejor, un capitán de fragata, que tiene una en cada puerto y eso tiene que ser complicado de gestionar.

Pero, ¿qué creéis que tienen en común un fotógrafo, un sacerdote, un concejal, un florista y un músico? Pues que todos recibimos con miedo las invitaciones de boda. La última que recibí vino acompañada de llamada telefónica. La cual se desarrolló aproximadamente de la siguiente manera:

  • ¿Si? 

Soy poco original cuando descuelgo, el Digamelón me parece un poco desfasado y además aporta información innecesaria sobre la lejana década en que nací.

  • ¡Hola Dani! ¿Qué tal? Soy Antonio.
  • Perdona, ¿quién?
  • Antonio, de la playa. ¿No te acuerdas?
  • Lo siento, ahora mismo no caigo. De verdad…
  • ¡Coño! Te liaste con mi hermana Ana.
  • ¡Ah! Ahora caigo. ¡Cuanto tiempo! ¿Qué tal? Te sigo por Facebook. Te va todo muy bien, ¿no?
  • Si, la verdad es que todo genial. Mira Dani, te llamo porque me caso en julio y me gustaría invitarte a mi boda.

Este momento suele ir acompañado de 2 o 3 segundos de incómodo silencio. Normalmente no se si felicitar o que hacer…

  • ¡Enhorabuena Carlos!
  • Soy Antonio.
  • Perdona, ¡enhorabuena Antonio!
  • Tu eras músico de profesión, ¿no?

Aquí es cuando empiezas a vislumbrar de lejos lo que se te viene encima:

  • Si, pero bueno, de los malos, ¿eh?
  • ¡Qué va! Si eres un maquina. Aún me acuerdo en la playa cuando tocabas por la tarde la de Star Wars.
  • Ains, ¡qué tiempos, Pablo!
  • Soy Antonio, ¡coño!
  • Perdona, perdona…

Ahora si, ya está a aquí:

  • Pues bien, a mi chica y a mi nos haría mucha ilusión que tocaras en nuestra boda. 

¡Tachán! Este era el motivo de la llamada. La respuesta nunca es sincera:

  • ¡Claro tío! Encantado. Yo me encargo de la música, no te preocupes. Por cierto, me estoy acordando de que tu hermana tenía una amiga que estaba buenísima…no me acuerdo del nombre. ¿Carla? ¿Carlota? No, ¡Carolina! Eso es. ¡Madre mía! Todavía me acuerdo cuando nos liamos en la discoteca Penélope. Tu ese verano no estabas, ¿no? Vaya vicio tenía… La habrás invitado, ¿no? Que tengo asuntos pendientes con ella…

Silencio:

  • Bueno, no se si lo sabes, pero Carolina es mi prometida.

Más silencio, entre otras muchas cosas se comprueba que no le sigues en Facebook:

  • ¡Joder tío! Perdona, no lo sabía. Bueno, te tengo que dejar. Pero cuenta con lo de la música, ¿eh? Un abrazo.

Cuelgo.

Esa llamada la recibe igualmente el amigo-fotógrafo, el amigo-sacerdote, el amigo-florista y el amigo-músico. Espero que con mejor suerte. Pero, como todo en la vida el momento boda tiene un lado positivo. ¿Cuál? Veamos. La experiencia acumulada tras años de pagar facturas del grado superior de música a base de amenizar bodas, me ha llevado a concluir que existen dos tipos de invitados a una boda: la gente de lagrimilla fácil que va a acompañar a los novios en uno de los momentos mas importantes de su vida, y la gente que va a ponerse chuzo y a ver si pilla. ¿Os sorprendería si os digo que soy del primer tipo? Bien, a mi también me sorprendería. Pero aquí es donde el músico juega con ventaja. Tras largos años de estudio de campo os puedo decir que en el momento álgido de la ceremonia cuando el amigo-sacerdote dice: Carolina, ¿aceptas a comosellame como legítimo esposo? Puedes ver por el rabillo del ojo a toda la bancada de amigas de la novia, con los ojos vidriosos y con las defensas por los suelos. En ese preciso instante ya te ves ganador. Por lo tanto, con una media sonrisa como compañera, miras tu atril, te colocas el violín al cuello y empiezas a tocar el Ave María de Schubert… El efecto es casi inmediato. Muchas de ellas te miran y te das cuenta que pese a poseer unos atributos físicos básicos (siendo generoso). Te acabas de convertir, gracias al amigo Franz, en el hombre mas atractivo de la iglesia de largo. En esos momentos solo puedo pensar: ¡Muchas gracias Schubert! Esto se traducirá a posteriori en un aumento de las posibilidades de ligar durante la barra libre. ¡JA, JA, JA! Chúpate esa fotógrafo, sacerdote y florista. Eso es una ventaja exclusiva del músico. ¡Ojo! Solo te puede ganar el amigo-fotógrafo si es argentino. Queridos músicos rendíos, él os ganará.

Debo de reconocer que hay un tipo de bodas a las que me suele gustar ser invitado, son las bodas de amigos músicos. En ese caso, se que el 90% de los invitados también serán músicos. Por lo tanto, no me van a pedir a mi, un mediocre de la música que les amenice la ceremonia. Así que en esos eventos mi modus operandi suele consistir en colocarme de espaldas a la iglesia donde se celebra el evento. Una vez hecho esto, realizo una inspección ocular profunda de los 180º que me rodean en busca del bar mas cercano. Tras localizarlo, solo falta convencer a una cuadrilla de músicos, generalmente todos integrantes del género masculino, para que omitan el momento de la ceremonia y lo ocupen en tomar unas cuantas copas al son de divertidas historias de soltero. Algunas de ellas entonadas por casados que tras el segundo Gin Tonic y amparados por la lejanía de su señora, que se encuentra en la iglesia, comienzan a decir verdades que suelen callar. Lo difícil realmente en esa situación no es encontrar gente que te acompañe, sino un bar lo suficientemente grande. Todo esto siempre me lleva a pensar… ¿Será verdad? ¿Es la falta de amor la que llena los bares?