Fumar es malo, fumar mata, fumar inhabilita a tus soldaditos del amor (lo cual en ocasiones no se si es bueno o malo), pero sobre todo…fumar te ayuda a ligar. Hasta hace unos meses pensaba que no, que todo lo contrario. En mi mente imaginé que las mujeres desearían a un hombre sano antes que aun tío barbudo y fofo con tos de perro semicrónica. Pues resulta que no, tacháan! Sorpresa!

Una vez me dijo una mujer muy sabia: Mira chaval, las mujeres queremos casarnos con los hombres buenos y que nos tratan bien. Pero como amantes queremos a esos que son rebeldes y que en el fondo pasan de nosotras. Hasta hace cosa de un año seguí ese consejo a pies juntillas, total, si no quería casarme con ninguna…pues a ser malote. Y la verdad, que funcionaba. Pero claro, de todo se cansa uno. Y ya la puntilla fue el momento de dejar de fumar.

La primera situación donde sentí el declive del poco sex-appeal que me quedaba fue la primera noche de ex-fumador que se me ocurrió salir de fiesta. Serían las 3 y media de la madrugada, cuando me sorprendí en la puerta de un garito de Malasaña apoyado en la pared y con las manos en los bolsillos rodeado de un montón de fumadores desconocidos que daban caladas a sus cigarros mientras soltaban carcajadas. Yo no estaba fumando, simplemente tenía la inercia de salir a fumar. En el fondo creo que salía para oler el humo de sus cigarros. En ese momento me sentí ridículo y volví a entrar en el bar cabizbajo. El mal trago se me pasó con un par de tragos de los buenos. Pero esto iba a ser siempre así. Ahora si quería ligar no iba a estar mi amiguito nicotinado de por medio, ni iba a dar fuego a nadie con mi flamante Zippo. ¡Dios mío! Ahora voy sin ruedines, todo va a pelo…

Cuando eres un fumador tímido, como es mi caso, el momento del cigarro es el momento mas cercano al contacto físico que vas a tener con la mayoría de las mujeres que deseas. Por ello, algunos cigarros marcan diferencias. Contaré algo que solía hacer cuando llegaba por primera vez a una orquesta, ensemble o grupito nuevo. Cuando llegas de nuevo a un sitio donde no conoces absolutamente a nadie tienes varias opciones para comportarte. La primera, mas sociable, es acercarte a alguien y presentarte: Hola, ¿qué tal? Soy Menganito, ¿cómo te llamas?, y después está la segunda, resultado de una mezcla de timidez e inseguridad personal, que consiste en llegar con cara de Clint Eastwood perdonando la vida a todos los que te rodean, para que vean que hay nuevo gallo en el corral. Desde hace un año aproximadamente practico la primera, mucho mas sociable. Pero debo de reconocer que con la segunda se liga mucho mas, si bien, no sueles caer muy bien a la sección masculina de la agrupación. Bueno, la cuestión es que cuando te sientas por fin en tu atril oteas el horizonte para saciar tu curiosidad. ¿Habrá mujeres receptivas a los encantos de un fumador? La duda se resuelve aproximadamente a las 2 horas (1h y 20 si el director del cotarro también es fumador). En ese momento, te levantas del atril y vuelves a ver como se desarrolla la situación. Tienes a un par de tipos que se quedan sentados tocando lo mas fuerte que pueden, puede que sea una estrategia de seducción también. El primer fulano, intenta tocar el Sibelius, normalmente sin dar media. El otro, que resulta ser viola, fantasea con tocar la Chacona. Pero tu no te fijas en eso, algunos tenemos la facultad innata de desconectar el oído de manera selectiva. Realmente, lo que estás mirando mientras te pones el abrigo y demás elementos diferenciadores (pañuelo florido, boina, bufanda comprada en nosequé mercadillo de París…) es cual de los tres fichajes que tenías tras el primer reconocimiento: cellista, jefa de violines segundos y traverso, es fumadora. En principio solía descartar a la traverso: suelen ser veganas, o lesbianas, o con apellidos plagados de jotas, o no fuman (o todo lo anterior junto). Pero la esperanza es lo último que se pierde. Salvo en el caso de una trombonista, en ese campo perdí toda esperanza hace años. Pero volviendo al tema, de las dos candidatas restantes ves que la cellista se viste rápido. Esa es la señal. Todo fumador deja el instrumento apresuradamente y sale corriendo. Nuestro descanso se tiene que repartir entre café y cigarro, debemos ser multitasking. La jefa de violines segundos mientras tanto se acerca al director y le agarra el culo, en ese momento te cuadran muchas cosas. Así que amigos míos eso es lo que llamaba Darwin: Selección Natural, el objetivo está claro: la cellista. Siempre la cellista, es mi sino. Así que tras correr a por el café con la leche del tiempo en vaso de plástico (creo que en mi diccionario personal esto era una sola palabra: caféconlalechedeltiempoenvasodeplástico, y os aseguro que tenía al menos un par de acepciones, además de traducción a varios idiomas), salía a fumar con los 5 o 6 que fuman de la orquesta, entre ellos mi Dulcinea. Yo tenía una regla sagrada que era nunca llamar la atención con comentarios; y mucho menos entablar yo una conversación directa durante el primer descanso cigarrero. En todo caso, algún momento un cruce de miradas un poco buscado. Algún chascarrillo naif y poco mas. La conversación me la solía reservar para el segundo descanso o incluso me la jugaba y tiraba de la cuerda hasta el tercero. Tras esto, la cosa iba mas o menos rodada. Es decir, siempre he tenido un radar bastante fiable para saber cuando una chica está interesada o simplemente es maja y te da coba sin mayor trascendencia. Sinceramente, era un ritual que me gustaba. Creo que le tenía pillado el punto, y se convertía en un ejercicio casi mecánico.

Pero eso ya terminó, ahora me toca quedarme con los que están en la cafetería hablando de temas igualmente intrascendentes, o lo que es peor de música; pero sin el aliciente de una futura conversación fruto de la nicotina. Ya no podré decir a mis hijos: Yo conocí a vuestra madre en un descanso con mi Lucky en la mano y el ceño fruncido. Ahora mas bien tendrá que ser en una cafetería como en el 90 por ciento de las novelas románticas baratas del Círculo de Lectores, mientras bebo a sorbitos mi menta-poleo con sacarina y hablo sobre la correcta preparación del acorde de séptima. Y aunque os parezca entristecido, debo de reconocer de manera clara y concisa lo siguiente: Dejar de fumar ha sido el mayor acierto de mi vida. Esto debe quedar claro. Pero una cosa no quita la otra. Nunca podré olvidar ese cosquilleo que sentía al cruzar la mirada furtivamente con la de una desconocida en la puerta de un bar a las tantas. Era como cuando llamas a alguien y descuelga una agradable voz femenina diciendo: ¿Si? Dígame. Esa sensación cálida de conexión era tan placentera…en el fondo de mi ser algo me decía que tras esa mirada ya formábamos parte el uno del otro.